En la tradición culinaria China existe una filosofía sobre la relación entre la comida y el comensal dividida en tres niveles.
El primero es el Wen, el hambre de la necesidad: aquella comida que ingieres tras una larga jornada sin probar bocado y llegas a casa, donde un pedazo de pan o una galletita de agua te parecen un manjar. Es el alimento de la supervivencia, lo funcional; aquello que uno come cuando debe hacerlo para no morir.

El segundo es el Zhao. Aquí no se come por necesidad, sino por elección. Si antes comíamos pan porque era lo único disponible, ahora podemos elegir un fiambre para acompañarlo, un poco de dulce de leche, membrillo con queso o una milanesa. Comemos lo que queremos, seleccionando aquello que nos gusta y sabiendo conscientemente que vamos a disfrutarlo.

Por último, el Wogh: el bocado del alma. Es aquel que te conecta con tus recuerdos y vivencias, haciéndote viajar a un lugar con el que te identificas. Entran en juego los olores, las texturas y los sabores. “No hay ravioles como los que hace mi madre”. Sí, los hay, y seguramente de mejor calidad; pero ni el plato de un chef italiano nos parecerá más rico, porque el raviol de aquella madre no solo alimenta el estómago: alimenta nuestro ser inconsciente, teletransportándonos a esa mesa familiar, con la fuente humeante en el medio, cuyo aroma se nos mete por las narices y nos hace babear. Es, básicamente, la comida del hogar.

Seguramente, al leer el título, se habrán preguntado: “¿Qué tiene que ver la tradición culinaria China con esto?”. Absolutamente nada. Sin embargo, utilizaré la filosofía de estos tres niveles para hablar de otro campo: el trabajo.
En ese sentido, el Wen es trabajar por necesidad, aceptando cualquier changa que se cruce en nuestro camino para llegar a fin de mes. No importa de qué se trate, su origen o el aporte personal, más allá de los billetes necesarios.

El Zhao es poder elegir nuestra labor, aquella profesión a la que apuntamos al estudiar para obtener un título, abrir un negocio o emprender un proyecto. También implica la libertad de decir “esto no lo quiero hacer” y renunciar, una opción que en el Wen resulta prácticamente imposible.

El Wogh es más complejo, pero podría definirse como la vocación: ese punto donde no trabajamos para vivir, sino que nuestra labor está integrada a la vida de una manera positiva. Es el motor, la pasión; un esfuerzo que no siempre se ve recompensado económicamente pero que, al igual que aquellos ravioles, alimenta el alma.

Esta es una nueva Abeltura, pero esta vez no la llamaré así. Dentro de mi egocentrismo mantengo cierta humildad, por lo que no puedo dejar de lado a mis compañeros de Comunicación Social para el Desarrollo, con quienes un lunes primero de junio visitamos el diario Opinión de la Costa, en San Bernardo del Tuyú.

La visita fue bajo la tutela de los profesores Pablo Miotti y Rodo Seco, como guía tuvimos a Mariano Bobryk, dueño y director del medio -próximo a cumplir 30 años el domingo 7 de junio-, que nos realizó el clásico recorrido de salida educativa: nos mostró las instalaciones y nos habló de su rutina. La charla fue interesante, pero, como siempre, no me conformé con escuchar. Comencé a mirar a mi alrededor, analizando con ese detalle que a veces roza el cinismo que tanto me caracteriza.
¿Qué encontré? Muchas cosas, pero todas se resumen en una sola palabra: desorden. Cartuchos de tinta vacíos acumulados, pedazos de papel por el suelo, paredes con telarañas y pisos cubiertos de polvo. Escritorios con objetos esparcidos: desde carpetas, lapiceras y cables hasta manchas de café y alguna que otra miga de alguna comida.


¿Qué escuché? Mariano nos confesó muchas realidades: lo costoso que es imprimir un diario, el desafío de mantener la infraestructura, el rol de los editores y los equipos de trabajo. Nos dijo que la fantasía de la «libertad de prensa» en la realidad se define como «libertad de empresa»: se trabaja en función de lo que nos dicen, publicitando lo que nos piden y hablando de lo que nos dictan.

No es corrupción, está lejos de eso. Es, simplemente, el oficio. Es como un chef al que quizás no le gusta el pescado, pero debe tenerlo en la carta por exigencia del restaurante. También mencionó que el periodista tiene muy poco tiempo libre: los feriados se destinan a preparar ediciones especiales, incluyendo Navidad o Año Nuevo. Las vacaciones deben planificarse con mucha antelación, eligiendo esas fechas donde «no hay muchas noticias» para dejar contenido programado y ganar algo de margen.
Por si fuera poco, el periodista debe estar siempre atento a un teléfono que, cada vez que suena, exige atención inmediata; debe pasar largas horas sentado transcribiendo o escribiendo, tareas que solo llegan después de haber estado horas de pie realizando coberturas.
Sé lo que usted, como lector, debe estar pensando: “¿Quién querría ser periodista?”. No lo culpo. Más de un compañero se habrá cuestionado si vale la pena continuar esta carrera. Yo, en cambio, rodeado de esa “Suciedad” de imprenta, de diarios amontonados y húmedos, oyendo palabras que bordean lo desesperanzador, me sentí más seguro del camino.
Quien me conoce sabe que soy un «vagabundo adinerado», siempre tuve una visión puramente monetaria del empleo, convencido de que las cosas que me gustaban —la escritura, el arte, el simple hecho de pasear— no servían para nada. Tras la visita, entendí que no se trata solo de acumular riqueza, sino de alimentar esta mente curiosa que se cuestiona todo, que observa y que anhela contar. El problema es que nunca encontré a nadie con quien compartirlo, pero ahora comprendo la magia del comunicador: podemos utilizar los medios para encontrar a aquellos que quieran escucharnos o, en este caso, leernos.
El mundo es tan cambiante que, a veces, asusta. En más de una ocasión la tecnología ha superado al humano; hasta los medios más grandes utilizan inteligencia artificial como herramienta para agilizar la producción de noticias. Pero nosotros —no hablo solo de periodistas, sino de comunicadores— tenemos un lugar clave: el de transmitir mensajes como desnaturalizar ideas y hechos.
Por más que la tecnología avance, el pasado merece ser recordado y traducido para los nuevos habitantes. Muchos no saben qué es un VHS, pero un investigador de cine puede escribir un libro entero sobre su importancia. Alguien puede no haber pisado jamás una cancha de fútbol, pero un buen periodista deportivo puede transmitir la emoción de estar allí presente con sus palabras, o un fotógrafo puede capturar el momento exacto en que la pelota choca contra el muslo del arquero para definir un partido clave. Si esa historia se cuenta de pasada, se pierde toda su esencia.
Yo nunca estuve fuera de mi querido país, Argentina, pero gracias a vlogueros, periodistas y reporteros pude descubrir nuevas culturas y lugares. Ni qué decir de los corresponsales de guerra quienes, armados solo con una cámara y un cuaderno, se introducen en aquellos campos donde se cosecha la muerte para relatarnos lo que ocurre.
Nosotros podemos comunicar para mostrar la crueldad del mundo, su belleza, sus contradicciones y un sinfín de cosas más, desde cualquier punto. Hay que aprovechar nuestros poderes: la capacidad de ver lo que nadie mira, de preguntar lo que a nadie se le ocurre y de escuchar las voces que otros ignoran. Ese es, en última instancia, el alimento del alma de esta vocación.

Crónica realizada por Abel ANDRADES, estudiante de la Tecnicatura en Comunicación Social para el Desarrollo.
Hermoso! Tan bien redactado que te llega el amor con el cual escribió. Por más jóvenes comprometidos con la escritura, redacción, vocación y libertad. Felicitaciones Abel